jueves, junio 22, 2006

El estereotipo de chinito

Ayer, mientras observaba el reflejo de mi cara en el vagón de metro, pensaba en algunas cosas intrascendentes, nada mejor que eso para evadirme de mi realidad diaria de mierda. Pensaba que no son muchas las películas en las un actor blanco se pinte la cara y las manos de marrón e interprete a un personaje de raza negra. Hoy en día eso sería algo absolutamente ridículo e inviable, pero antes si ocurría. Ahora mismo me vienen a la cabeza tres ejemplos: El cantor de Jazz, El Nacimiento de una Nación y las variadas versiones de Otelo. El cantor de Jazz la verdad es que no es un ejemplo válido porque se trata de un personaje de raza blanca que, en un momento dado del metraje, se disfraza de negro para cantar una canción (lo he citado sólo para descartarlo, porque hay quien cree que sí es un personaje negro). En El Nacimiento de una Nación si que son actores blancos interpretando a negros, con la cara pintada con betún. De la obra Otelo tenemos varias versiones cinematográficas en las que el protagonista es un señor blanco -Orson Welles, Laurence Olivier, Raul Julia, Anthony Hopkins, etc-; los dos últimos actores pertenecen a una época (1979, 1981) en la que ya se consideraba políticamente incorrecto.

Laurence Olivier con la cara pintada de betún

En el periodo que va desde 1930 hasta los años 70, es bastante difícil encontrar películas en las que un blanco interprete a un negro, pero, por contra, me resulta curiosa la abundante cantidad de películas de dicho periodo en las que vemos a personajes asiáticos interpretados por actores occidentales. ¿Por qué tal disparidad? No creo que lo de no poner a blancos interpretando a negros sea tanto por un tabú que se dio desde muy pronto (no ofendas a quien te sirve, que puede quemarte la casa y violar a tu mujer e hijas, según el punto de vista norteamericano) como, más bien, que no había muchos guiones en los que un personaje de raza negra pudiera tener un papel destacado, mientras que si que aparecían películas con muchos papeles destacados para personajes orientales. Por tanto, desde los años 30 hasta los años 70 las productoras de cine se encontraron ante una decisión difícil: querían situar sus películas en lugares exóticos, que venden y resultan atractivos al gran público, pero no querían usar actores orientales, porque al público norteamericano-anglosajón eso le causaría rechazo, literalmente. ¿Solución? Como hemos visto, la industria cinematográfica norteamericana mandó poner maquillaje a actores "caucásicos" para que pudieran interpretar a asiáticos.

Según el punto de vista de la industria, resultaba lógico: eran actores de la vieja escuela de teatro, nadie dudaba que ellos podrían actuar como un oriental mejor que el propio oriental. A ello hay que sumar que, hasta los años 70-80, ningún norteamericano en su sano juicio pagaría una entrada por ver una película que tuviera como protagonista o co-protagonista a un oriental. En los papeles secundarios eso no resultaba un problema, porque los orientales "auténticos" que pudieran aparecer no tenían más trascendencia que la de mero decorado. Pero los papeles principales estaban reservados para los actores blancos que, de este modo podían demostrar sus magníficas dotes interpretativas ante el desafío que representaba simular otra raza. No tenía ninguna importancia que el personaje a interpretar fuera chino, japonés, coreano, tailandés, etc, porque eran intercambiables a ojos de occidente. Todos eran iguales, todos se podrían englobar como dentro del estereotipo de chinito. ¿Término ofensivo? ¡Qué más da, si ellos no van a pagar la entrada! Pero no era trabajo fácil el de los actores, porque interpretar a un chinito no se consigue sólo estirando los ojos con maquillaje, no: hace falta observar como se comporta el sujeto a imitar y aprender sus movimientos, su forma de relacionarse y su acento. Pero tampoco era necesario fijarse mucho en cómo eran los orientales (ni siquiera aunque los tuvieran delante como extras en el reparto) porque todos sabían perfectamente como eran los chinitos; conocían su estereotipo a la perfección. Y sería ese estereotipo lo que el público reconocería como chinito, otra cosa les confundiría, aunque se acercase más a la realidad. Dentro de ese estereotipo de chinito tenemos tres variantes básicas: 1) El chinito malo, 2) El chinito bueno y 3) El chinito risible.

Boris Karloff en La máscara de Fu Manchú

El chinito malo es el más común porque, como sabía todo espectador norteamericano del periodo citado, el Lejano Oriente es un lugar exótico plagado de misterio, donde hay secretos insondables que es mejor no conocer. Está poblado por seres malvados y viciosos, herederos de una cultura decadente, calcada de la vieja Babilonia que aparecía en sus biblias: cuando son mujeres son hermosas y conocen todos los placeres y todas las torturas; cuando son hombres, su único deseo es acabar con el hombre blanco/anglosajón, envenenando su cultura y sometiendo a sus mujeres rubias y blancas. El chinito malo por excelencia sería, por supuesto, el Dr. Fu Manchú. Era el estereotipo definitivo del peligro amarillo, creado para el cine por la mente occidental a partir de lo que habían visto de los inmigrantes chinos en California y en la propia China en el siglo XIX, cuando las potencias occidentales crearon allí sus protectorados.

“Imagine a una persona alta, delgada y felina, de hombros elevados, con una frente como la de Shakespeare y un rostro como el de Satán, con una barba fina y unos alargados ojos de gato. Añádale toda la cruel astucia de toda la raza oriental, acumulada en un gigantesco intelecto, con todos los conocimientos de la ciencia pasada y presente… imagine ese horrible ser, y tendrá una imagen del Dr. Fu Manchú, el Peligro Amarillo encarnado en un solo hombre”.

Ésto era la presentación en sociedad del villano en El Insidioso Dr. Fu Manchú (1913) del escritor Sax Rohmer.

Christopher Lee en Fu Manchú y el beso de la muelte

Hace unos seis años se decía que Alex de la Iglesia iba a rodar una nueva versión de Fu Manchú, con Jeff Goldblum o tal vez Robert de Niro de protagonistas, pero al final parece que la cosa quedó en el aire. No quiero detenerme mucho con el Dr. Fu Manchú (no hay mucho más que añadir sobre el personaje, ya está muy pero que muy estudiado por los degustadores habituales de lo que ahora se conoce como Cultura Friki); sólo comentar una vez más su evidente parecido con el personaje de cómic y archienemigo de Flash Gordon, el Emperador Ming de Mongo. El universo es un pañuelo.

Robert Helpmann haciendo de chinito ruin y cobarde

Por otro lado, la superproducción norteamericana 55 días en Pekín es una auténtica cantera de actores occidentales maquillados. En ella encontramos otros dos perfectos ejemplos de chinito malo: Robert Helpmann como el pérfido príncipe Tuan y Flora Robson como la malvada emperatriz Cixi. Uno por activa y la otra por pasiva intentan echar de Pekín a los diplomáticos occidentales y éstos les ponen de hostias hasta arriba, dejando bien claro que el mundo libre-occidental nunca puede ser derrotado por la salvaje barbarie amarilla. Jamás mientras queden balas en el viejo Colt Peacemaker de un marine americano. Bienvenidos al siglo XX, chinitos.


Flora Robson haciendo de bruja de cuento de hadas

Como sabe cualquier vecino del noble pueblo de Torrelodones, 55 días en Pekín se rodó en España, porque los exteriores quedaban bien y porque rodar en un país con dictadura resulta barato: Los miles de extras se dejaban tostar al sol a cambio de dos bocatas al día. Si vives en Madrid o alrededores, a partir de ahora recuerda que ese anciano anónimo que ves cada tarde en el parque, echándoles miguitas de pan a las palomas, quizá fue en su día un aguerrido boxer que defendió China de los diablos extranjeros y su nefasto opio. Tan contentó quedó el productor Samuel Bronston con lo bien que las autoridades le lamieron el culo que España aparece como una de las grandes potencias occidentales que ocupan territorio chino, a pesar de que, evidentemente, nunca hubo posesiones españolas en China. Al principio de la película podemos ver la izada de bandera al son del himno patrio y a Alfredo Mayo, que interpreta al embajador español, darles a todos una lección de estereotipada valentía hispana, del tipo "en nuestro idioma no conocemos el término "huir", moriremos todos y haremos que mueran nuestras esposas e hijos, pero será con HONOR". Seguro que a Franco le encantó. Y, como apunte final, decir que el embajador japonés fue interpretado por un actor uruguayo, también maquillado. Parece que de nada le sirvió a Japón el convertirse en el siglo XIX en una "gran potencia", tener colonias y codearse con los occidentales: no eran más que otra variedad de chinitos.

China capuchina


Por su parte, la industria cinematográfica en cierto modo dio algo de dignidad al estereotipo de chinito bueno aunque sin considerar que su raza quizá sería también digna de hacerlo. Dentro de los chinitos buenos tenemos a la china buena, que debe luchar doblemente por pertenecer a una cultura oriental cruel que oprime a su sexo. Toda la buena fe que parece tener el hecho de querer contar su historia parece diluirse un poco al emplear a actrices occidentales. En Estirpe de Dragón tenemos a Katharine Hepburn interpretando a Jade, una valiente campesina china que planta cara a las tropas invasoras japonesas que llegan a su pueblo en 1937.

Vaya picota

Me llamó la atención que prácticamente todos los campesinos de la aldea son actores occidentales maquillados, mientras que los niños -sus hijos y nietos- son niños chinos auténticos. La película es de 1944 y, evidentemente, las tropas japonesas (interpretadas por actores chinos, aunque también alguno occidental) aparecen como auténticos salvajes sedientos de sangre. La película es bastante dura, por lo menos para la época: Vemos a niño pequeño llorando junto a su madre muerta, a gente hambrienta pegándose por el cadáver de un perro, violaciones, etc. A día de hoy, resulta extraño que sea tan realista para mostrar el horror de la guerra y tan absurda en la elección del reparto.

España siempre con 40 años de retraso

En España también hacemos nuestros pinitos, por lo menos en cuanto a la vertiente de chinita buena. Como a Silvia Abascal le han debido decir unas cuantas veces "tienes un poco cara de chinita", alguien debió dar el siguiente paso lógico: hacerla interpretar en La fuente amarilla a la protagonista, hija del matrimonio entre español y china (no chino y española, ojo al detalle), sin maquillaje ni nada. La feliz excusa para ver a la actriz monísima con vestido oriental hablándonos de la magia milenaria de su cultura fue denunciar los crímenes de la mafia china, algo que, por lo que se ve, llevaba tiempo demandándose. Qué mágica es vuestra cultura pero que extraños sois vosotros, que nunca os relacionáis con nadie y a saber lo que hacéis en la cocina. Según la promoción de la película, el guión se preparó a través de una solidísima investigación realizada por Nena Pérez-Pita, basada en recortes de prensa. Para sorpresa inaudita del equipo de producción, la comunidad china en Madrid protestó mucho -quizá habría que ponerse en su punto de vista, cosa que nunca viene mal- y presentó una denuncia por racismo, aunque no les hicieron ni puto caso y todo quedó en agua de borrajas. Cómo son estos chinitos, como se ponen por nada. Por otro lado, me pregunto si la denuncia habría prosperado en caso de ser otra la minoría.

Vaya careto que tiene el chinaco, yo es que despollo, tron

Como es sabido, a los héroes de ficción, lo mismo que a las personas del mundo real, se les admira por sus virtudes pero se les toma cariño por sus defectos: Supermán tiene sus cosas con la kriptonita, no puede ver a través del plomo y nunca puede mentir. Sherlock Holmes resulta un personaje atractivo no sólo por sus "superpoderes" sino por su incapacidad social absoluta y, quizá, por su debilidad con la droga, lo mismo que el doctor House. Esas cosas los convierten en humanos. Recuerda a la señora Fletcher, una viejita desvalida que siempre pilla al asesino. O mira a Monk, un obsesivo-compulsivo que apenas puede sobrevivir solo pero que no se le escapa una. Por ello resulta interesante observar que, cuando el protagonista es un chinito, es su propia condición racial lo que se presenta como un defecto.

Peter Ustinov como Charlie Chan

Mr. Moto, el espía japonés interpretado en la gran pantalla por Peter Lorre y Henry Silva, parece que no tiene ni media hostia y luego es un experto judoka. O el detective Charlie Chan, siempre soltando frases orientales enigmáticas (la garza que vuela bajo sabe encontrar aparcamiento, bla, bla, blá); como es un chinito gordito nadie le considera una amenaza a tener en cuenta y luego los criminales caen como moscas, presas de su legendaria astucia oriental. Charlie Chan fue interpretado por muchos actores en películas y series de televisión, y parece que tienen pensado que su nieta siga los pasos del abuelo, esta vez sin maquillaje.

Joder, qué joven está Peter Falk

Charlie Chan incluso tuvo su versión "de coña" en el inspector Wang, interpretado por Peter Sellers en Un cadáver a los postres. Y es que la variante del estereotipo de chinito risible da mucho juego para echarse unas risas; es la evolución lógica del estereotipo del chinito malo a lo largo de la historia del cine: ¿algo te da miedo?, ¡Pues ríete de ello, así le perderás el miedo! Esa pronunciación tan ridícula que tienen al hablar un idioma ajeno, esas costumbres tan absurdas, etc., una auténtica cantera de gags para la industria. Como ejemplo de chinito risible tenemos, para empezar, a Sakini, el aldeano okinawense interpretado por Marlon Brando en La Casa de Té de la Luna de Agosto.

Oriente bien masticadito para el gran público

La película cuenta como, tras la Segunda Guerra Mundial, el capitán Glenn Ford -el padre adoptivo de Clark Kent- llega a un pueblecito de Okinawa con la misión de construir una escuela e instruir a los sencillos nativos en la democracia. Pero los nativos, que son más listos que el hambre (ver más arriba el recurso legendaria astucia oriental) le torean lo que no está escrito para que, en lugar de una escuela, construya una casita de té. El concepto del buen salvaje recodificado para el gran público norteamericano y occidental, un mensaje que enseña que incluso las almas más sencillas pueden enseñarnos algo más importante que el avance tecnológico y el consumismo desaforado, todo ello por el módico precio de una entrada. El personaje de Sakini es el traductor local/secundario cómico que sirve a Ford, le toma un poco el pelo e incluso le habla a la cámara para realizar apreciaciones sobre los absurdos de la cultula amelicana (una mujer desnuda en un museo es arte y en la calle es delito, luego polnoglafía es cuestión de geoglafía). Brando hizo todo lo posible por convertirse en un oriental, y él mismo reconoció años después en sus memorias que su actuación fue ridícula.

El Horror...

Pero esa película todavía podía argumentar que el chinito risible, pese a ser grotesco, era un personaje que guardaba un mínimo resquicio de dignidad; no era completamente irrisorio y el público podía encariñarse en cierto modo con él. Pero hay otras películas que no le permitían esa vía de escape al estereotipo: en esas películas el chinito risible era un absoluto esperpento cuya presencia sólo servía para hacer reír al público. Podemos poner como ejemplo cuatro películas: Desayuno con diamantes (configurada como la "película con glamour" por antonomasia, aquella que, según el punto de vista de la industria, toda persona que se precie de tener buen gusto debe apreciar), El Retorno de la Pantera Rosa, La Pantera Rosa ataca de nuevo y Cita a ciegas. En mi opinión, son películas en las que la burla del estereotipo es más hiriente, rayando en el racismo más gratuito. Lo anecdótico es que en las cuatro son del mismo director, Blake Edwards, y aunque emplean clichés del estereotipo oriental en general, siempre aluden a que son japoneses en particular. El molesto señor Yunioshi en Desayuno con diamantes, el patoso Kato en las dos entregas de La Pantera Rosa y el misógino señor Sakamoto en Cita a ciegas son personajes japoneses. Yo creo que no puede ser casualidad, algo le pasa a Edwards con los japoneses y no nos lo quiere contar. Pero hay que reconocer que, según pasan los años, la guasa y el ataque indiscriminado van remitiendo un poco: hay mucha distancia entre el personaje-bufón absoluto de Mickey Rooney y los demás (de hecho, tanto Kato como Sakamoto están interpretados por orientales, porque ya son películas de los años setenta y ochenta). El señor Sakamoto sólo sale un momento para que veamos que es un cabrón machista y que le den su merecido; Kato simplemente aguanta las hostias continuas que le da la vida y el inspector Clouseau; pero el personaje de Yunioshi no para de hacer el payaso cada vez que aparece, de comportarse como un vicioso y de andar jodiendo la marrana para que el público le desprecie. Payaso, vicioso y chivato, un personaje creado para producir risa y desprecio, sin compasión. Un personaje que, aunque sea japonés y vista con kimono, tiene todos los atributos que el público norteamericano identificaba como chinito u oriental: pequeñito, con mala leche, dientes salidos, voz chillona y oscuros deseos sexuales por la mujer blanca.

Míralo bien, con detalle

Me parece muy normal que el personaje de Jason Scott Lee se pirara del cine en Dragón, la vida de Bruce Lee, porque: ¿Si tú fueras oriental y vieras ésto, qué pensarías?, ¿Qué sentirías?

Creo que ya he soltado toda mi mierda por hoy. Hasta la próxima visita y vuelvan cuando quieran.